
La celebración del Mundial de fútbol 2026 en México ha generado gran emoción al ser la primera vez en cuatro décadas que el país acoge este evento; sin embargo, el elevado precio de las entradas y la exclusión de la transmisión libre por televisión abierta han despertado inquietudes y críticas entre los aficionados.
Ciudadanos como Iván Orozco han expresado su descontento ante el costo de los boletos, que en algunos casos supera los 500 dólares, algo que resulta inaccesible para gran parte de la población local. Por ejemplo, para el partido entre Uruguay y España en Guadalajara, los precios llegan hasta 7,000 dólares, y para el encuentro México-República Checa alcanzan niveles cercanos a los 13,000 dólares.
La disparidad económica se agudiza dado que el salario mínimo en México ronda los 9,000 pesos mensuales, haciendo imposible para muchos asistir en persona. Este escenario ha llevado a la proliferación del mercado negro, donde los boletos pueden venderse con incrementos de hasta el 200% respecto a su valor original. Expertos en derecho deportivo señalan que la dinámica de precios y la competencia con monedas extranjeras generan una barrera que desplaza a los seguidores locales.
A esta crítica se suma la controversia por la transmisión del Mundial, que ahora requiere de una suscripción pagada, limitando aún más el acceso a los partidos. Ante la alta demanda y la falta de señales gratuitas, incluso la jefa de gobierno Claudia Sheinbaum optó por no asistir al partido inaugural y prefirió regalar su lugar, anunciando que verá el encuentro en la plaza pública del Zócalo.
Este Mundial, en su dimensión económica y social, refleja una tensión entre la celebración deportiva y la accesibilidad para el público mexicano, que clama por un torneo menos exclusivo y más inclusivo para todos los seguidores del fútbol.



































































































