
La Copa Mundial de la FIFA se ha consolidado como uno de los eventos deportivos más emblemáticos a nivel global, destacando por la exclusividad, la pasión y la importancia de cada encuentro. Sin embargo, la edición de 2026, organizada conjuntamente por Estados Unidos, Canadá y México, introduce un cambio radical: la expansión del torneo de 32 a 48 selecciones, aumentando la cantidad de partidos de 64 a 104. Este crecimiento refleja una tendencia en el fútbol de élite donde se amplían los formatos para incluir mayor cantidad de participantes y mercados.
Esta ampliación busca fomentar una mayor inclusión, brindando a más países la oportunidad de clasificarse y participar en la máxima competición, además de generar importantes ingresos para la FIFA y atraer nuevas audiencias. No obstante, este crecimiento también plantea desafíos significativos. La menor selectividad para acceder al torneo podría disminuir la intensidad y el prestigio de la clasificación. A su vez, al aumentar el número de partidos, es posible que la importancia individual de cada juego se vea diluida, reduciendo la atención y emoción que tradicionalmente ha caracterizado a este evento.
La expansión también introduce complicaciones logísticas y de percepción, especialmente al distribuir los partidos en tres países con diferentes niveles de infraestructura y objetivos. Mantener una identidad coherente y un sentido de evento único y compartido se vuelve más complejo, poniendo en riesgo la percepción colectiva de la Copa del Mundo como un momento excepcional y trascendental dentro del deporte.
Si bien la Copa Mundial continuará siendo el evento futbolístico más valioso y relevante en el corto y mediano plazo, su sustentabilidad a largo plazo dependerá de preservar los elementos que la hacen única y especial. Priorizar la amplitud y disponibilidad sobre la intensidad podría conducir a la pérdida gradual del valor emocional y cultural que distingue este torneo en el mundo.
David Cook, profesor titular de Marketing, advierte que “si la expansión sigue priorizando la disponibilidad sobre la intensidad, el riesgo no es que el Mundial fracase, sino que poco a poco pierda su valor como evento global que trasciende el propio deporte”.



































































































