
Desde el inicio del conflicto en Irán, el precio del oro ha sufrido una caída superior al 13%, después de alcanzar máximos históricos por encima de 5,500 dólares por onza en el primer trimestre de 2026. Este retroceso se enmarca en un entorno de alta volatilidad, influenciado por tensiones geopolíticas y ajustes en las expectativas de política monetaria tras el alza en los precios de la energía.
La reciente bajada responde principalmente a las anticipaciones de que la Reserva Federal podría mantener tasas de interés elevadas por más tiempo, debido al riesgo de una inflación persistente impulsada por el encarecimiento del petróleo. Este escenario fortalece al dólar y eleva los rendimientos de bonos, generando un costo de oportunidad mayor para mantener oro, un activo que no produce rendimientos por sí mismo.
Aun con la caída, la demanda estructural del metal dorado se sostiene particularmente por las compras realizadas por bancos centrales. Según analistas de Goldman Sachs, aproximadamente el 70% de las autoridades monetarias esperan incrementar sus reservas de oro en los próximos meses, consolidando una tendencia de diversificación. Durante el primer trimestre, los bancos centrales adquirieron un 3% más de oro, mientras que la inversión en lingotes y monedas se incrementó un 42%, impulsada fundamentalmente por la demanda asiática.
De cara al futuro, aunque persisten riesgos de nuevas liquidaciones si continúan las tensiones en el estrecho de Ormuz y se presentan correcciones en los mercados financieros, expertos anticipan un posible repunte del precio hacia los 5,400 dólares por onza a finales de 2026. El rumbo del metal precioso dependerá del equilibrio entre la política monetaria estadounidense, la evolución del dólar y la dinámica geopolítica en Medio Oriente.



































































































