
La evolución tecnológica ha transformado constantemente la industria musical, desde el vinil hasta el streaming, pero siempre dejando en manos del artista la decisión sobre qué contenido crear y cómo. Hoy, la inteligencia artificial (IA) plantea un desafío similar, aunque con una urgencia distinta, al permitir componer, producir y replicar estilos con una precisión hasta hace poco inimaginable.
El cantante y productor Pepe Aguilar subraya que la cuestión más relevante no es lo que puede hacer la IA, sino quién decide cómo se utiliza y con qué materiales. Para él, la propiedad sobre sus grabaciones es fundamental; por eso es dueño de sus masters, ya que esto define si el artista es protagonista o solo un invitado en su propia carrera. Esta perspectiva la traslada al uso de la IA: un modelo entrenado con obras obtenidas sin consentimiento representa un despojo disfrazado de innovación, mientras que un modelo basado en el repertorio propio y con permiso legítimo es completamente distinto.
En sus compañías, Equinoccio Records y Machín Records, se trabaja además en desarrollar herramientas de IA propias, a partir de catálogos y grabaciones propias, involucrando a músicos conocidos y preservando un archivo de tres décadas. Estas tecnologías buscan optimizar procesos para liberar tiempo creativo y permitir que más artistas independientes accedan a oportunidades antes limitadas a sellos con grandes recursos.
Aguilar enfatiza que la IA puede generar melodías, letras y voces coherentes, pero no puede originar el significado emocional que conecta a una canción con las personas. Ese valor proviene de historias reales y artistas que deciden qué comunicar y lo respaldan con su nombre. La tecnología modifica las reglas, pero el sentido lo da el creador, afirmando con convicción que la inteligencia artificial bien usada puede potenciar la creatividad humana si el control artístico se mantiene firme.



































































































