
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) actualizó recientemente sus proyecciones para México, señalando un crecimiento económico modesto para 2026 y 2027, con tasas estimadas de 0.8% y 1.8% respectivamente. Este síntoma refleja una economía que lleva dos décadas con un desempeño limitado, marcada por persistentes brechas en ingreso per cápita y productividad frente a economías avanzadas.
El panorama económico nacional revela además que la informalidad laboral sigue siendo alta, la participación femenina en el mercado laboral es inferior a la de países comparables y la adopción de tecnologías digitales en las empresas permanece rezagada. Esta situación se profundiza al comparar resultados históricos: en 1980, México tenía un ingreso per cápita casi doble al de Corea del Sur; hoy la realidad es inversa, mostrando una desventaja significativa que, al ritmo actual, tardaría varias generaciones en disminuir.
Aunque México ha apostado al libre comercio —como muestra su integración en tratados como el TLCAN y el T-MEC— esto ha impulsado las exportaciones, pero no ha garantizado un desarrollo sostenido ni un aumento homogéneo en la productividad o prosperidad social. Estos acuerdos brindan oportunidades comerciales, pero no constituyen por sí mismos una estrategia integral de crecimiento.
El desafío mayor está en fomentar un crecimiento propio, sustentado en la productividad, formalización laboral y desarrollo del capital humano, aspectos sobre los cuales México debe fortalecer su enfoque. El avance económico depende de políticas coherentes y de la voluntad empresarial para adoptar prácticas modernas, profesionalizar su gestión e invertir en tecnología. Construir ese futuro requiere un compromiso nacional que vaya más allá de los tratados comerciales y responda a las necesidades internas del país, integrando esfuerzos del gobierno, sector privado y academia.



































































































