
México procesa hoy más crudo que en gran parte de la última década y el control químico se ha vuelto clave para sostener ese incremento. En su segundo informe de gobierno, la presidenta Claudia Sheinbaum reportó que el Sistema Nacional de Refinación procesa ya más de 1.5 millones de barriles diarios; Pemex registró un aumento de 22.2% en el procesamiento de crudo durante el primer trimestre del año y menor importación de combustibles.
La refinería Olmeca, en Dos Bocas, alcanzó en julio un récord de 252,000 barriles diarios, un salto de casi 79% respecto a junio y equivalente a 74% de su capacidad instalada. Mantener niveles altos de operación depende en gran medida del control químico en cada etapa del proceso: desde la deshidratación y el desalado hasta los tratamientos que protegen contra la corrosión y aseguran la calidad del diésel.
La corrosión es un desafío global y económico: el estudio IMPACT de NACE International —hoy AMPP— calcula que la corrosión cuesta cada año 2.5 billones de dólares, cerca de 3.4% del PIB mundial, y que mejores prácticas podrían ahorrar entre 15% y 35% de ese monto. Ese margen impulsó un mercado de productos y servicios químicos especializados que adapta fórmulas y tratamientos a las condiciones de cada planta.
Empresas como Química Apollo, de capital 100% mexicano y con más de 43 años en la industria, ofrecen servicios desde pretratamientos hasta aditivos para preservar lubricidad y controlar compuestos corrosivos. Su estructura incluye un laboratorio de I+D acreditado por la Entidad Mexicana de Acreditación (EMA) y certificaciones internacionales ISO 9001, ISO 14001 e ISO 45001. El control químico contribuye a alargar la vida útil de equipos, reducir paros y proteger la producción: cada día de paro implica dejar de procesar entre 90,000 y 160,000 barriles diarios y la venta asociada de combustibles.



































































































