
En México, aproximadamente 31.7 millones de personas se dedican cada semana al trabajo no remunerado de cuidado de niñas, niños, adultos mayores y personas con discapacidad o enfermedades crónicas. Según datos de la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo del INEGI, estos cuidadores invierten colectivamente alrededor de 1,104 millones de horas semanales en labores que no reciben remuneración económica directa.
De acuerdo con las Cuentas Satélite del Trabajo No Remunerado del INEGI, el valor económico asignado a estas actividades de cuidado asciende a 7.2 billones de pesos anuales, cifra que representa casi el 24% del Producto Interno Bruto nacional, calculado con un valor promedio de poco más de 31 pesos por hora trabajada. Así, esta forma de trabajo constituye el sector más extenso dentro de la economía mexicana, pero permanece invisible en el diseño y discusión de políticas urbanas.
Una gran parte del tiempo invertido en estas actividades no se pierde por naturaleza, sino a causa del diseño urbano actual que no contempla las necesidades específicas del cuidado. En particular, la distribución desigual de servicios como salud, educación y terapias —que suelen estar dispersos en diversas áreas de la ciudad—, así como la falta de transporte público accesible para personas con necesidades especiales, aumentan considerablemente la carga logística que recae principalmente en las mujeres, quienes representan el 75% de quienes realizan estas tareas, dedicando en promedio 37.9 horas semanales, frente a 25.6 horas de los hombres.
Este fenómeno se agudiza en zonas periféricas, donde las cuidadoras pueden pasar hasta un 60% más tiempo en traslados relacionados con el cuidado que aquellas que viven próximas a los servicios. Si las ciudades lograran disminuir apenas un 10% el tiempo dedicado a estas gestiones logísticas —mediante la proximidad de servicios, transporte accesible y horarios adaptados— se liberarían más de 5,700 millones de horas al año, con un valor económico estimado de cerca de 180 mil millones de pesos, alrededor de 10 mil millones de dólares.
Más allá del impacto económico, la cuestión fundamental es la garantía de los derechos individuales, especialmente el derecho a disponer libremente del propio tiempo para estudiar, trabajar, descansar y participar en la vida social, que hoy se ve restringido por un diseño urbano insuficiente. Ciudades como Bogotá, Barcelona, varias localidades de Alemania y Johannesburgo han implementado diversas estrategias para integrar servicios críticos en espacios cercanos, simplificar trámites y mejorar la movilidad, demostrando que los tiempos de quienes cuidan se pueden recuperar sin alterar significativamente los presupuestos existentes.
En México, la experiencia de las UTOPÍAS en Iztapalapa, que acercan servicios de salud, deporte y educación a zonas previamente desatendidas, ha sido reconocida internacionalmente y muestra un camino viable para transformar la realidad urbana y social del país. La clave está en reconocer y valorar el tiempo de cuidado como un recurso fundamental que debe ser protegido y optimizado a través de un diseño urbano consciente y comprometido.



































































































