
En México, la celebración de un Mundial de fútbol en casa es un evento tan especial como poco frecuente, siendo 2026 la tercera edición que se organiza en el país tras las de 1970 y 1986. Sin embargo, los precios exorbitantes de los boletos para el torneo que se realizará conjuntamente con Estados Unidos y Canadá están generando decepción entre los aficionados, incluso en familias con una profunda tradición futbolera.
Jairo Rueda, experto financiero de 51 años, relata cómo la ilusión familiar de asistir juntos a los juegos del Mundial se ha visto truncada por la disparidad en costos en comparación con las anteriores ediciones. “Los boletos se hicieron impagables”, lamenta, y critica que un deporte tan popular haya devenido en una experiencia “clasista y elitista” debido a la inaccesibilidad de las entradas.
Esta realidad contrasta con la experiencia de su padre, Fernando, un jubilado que en 1986 pudo disfrutar con sus hijos de varios partidos gracias a un obsequio que hoy parece inimaginable ante la especulación de la reventa que eleva los precios a niveles exorbitantes. El recuerdo de poder comprar boletos el mismo día del encuentro en las taquillas del Estadio Azteca refleja un tiempo en el que la pasión por el fútbol se vivía de manera más accesible y comunitaria.
Por otra parte, Emilio, de 13 años, crecerá con la experiencia de un Mundial en casa pero también con el sentimiento de frustración por no poder asistir debido a las condiciones actuales. Para él, la organización multinacional con 48 selecciones complica la posibilidad de ver a sus equipos favoritos en la Ciudad de México, y reconoce que siente envidia de sus antecesores por poder vivir el torneo directamente en el estadio. La familia Rueda se mantiene unida por el amor al fútbol, atesorando álbumes, camisetas y los recuerdos compartidos, aun cuando enfrentan esta nueva realidad que limita la vivencia directa del evento más importante del deporte rey.



































































































