
Este fin de semana, un grupo de manifestantes en Ciudad de México transformó un tramo del Periférico, a la altura de Cuicuilco, en una cancha improvisada de futbol. Dibujaron porterías en los carriles centrales y jugaron una partida como protesta simbólica contra la manera en que la ciudad se prepara para el Mundial y los eventos de alto perfil, priorizando la imagen sobre la calidad de vida.
Este gesto refleja una crítica a la tendencia de convertir la urbe en un escenario ornamental donde lo importante es que la ciudad luzca bien para visitantes y cámaras, mientras se ignoran problemas profundos como el deterioro urbano, el aumento de la violencia y las dificultades para vivir en ella. La informalidad, el ambulantaje o las goteras pasan a segundo plano frente al montaje estético de las celebraciones y la imagen externa que proyectan las autoridades.
Ciudades como Guadalajara y Monterrey también afinan su imagen para recibir a turistas y visitantes durante el torneo, buscando exportar una versión pulida y atractiva, aunque ello implique ocultar conflictos sociales y reales preocupaciones de sus habitantes. Desde el ámbito inmobiliario, los precios de renta en Ciudad de México se han incrementado notablemente, en muchos casos de manera especulativa amparada en la excusa del Mundial; situación que dificulta aún más que los residentes puedan acceder a viviendas asequibles.
La protesta en Periférico duró poco, pero el mensaje fue contundente: se reclama una ciudad que pueda vivirse y disfrutarse verdaderamente, con espacios accesibles y precios justos, no solo decorada para eventos efímeros. La efervescencia mundialista pasará rápido, pero los retos urbanos y sociales permanecerán para los habitantes cotidianos.



































































































