
En el Valle de Guadalupe, corazón vitivinícola de México, el aroma de las uvas maduras contrasta con la preocupación de productores que, aunque celebran los premios internacionales, afrontan una competencia desigual en su propio país. A pesar de que el vino mexicano ha obtenido reconocimientos destacados en concursos mundiales, solo el 30% del vino consumido en México es de producción nacional, siendo la mayor parte importado de naciones con tradición vinícola como Francia, España y Chile.
El sector mexicano señala que los subsidios agrícolas con los que cuentan los productores europeos a través de la Política Agrícola Común (PAC) de la Unión Europea generan distorsiones en el mercado. En España, por ejemplo, este programa destina más de 200 millones de euros anuales hasta 2027 en apoyos directos a la sustentabilidad, modernización y promoción de sus vinos, beneficiando incluso insumos clave como etiquetas y barricas. Esto reduce notablemente sus costos de producción, permitiendo exportar a precios inferiores a los costos reales, lo cual es difícil de igualar para los viticultores mexicanos.
En contraste, México eliminó gran parte de los subsidios al sector agroindustrial desde 2018, incluyendo incentivos para el bombeo de agua y la instalación de infraestructura productiva, lo que ha afectado la competitividad local. El aumento en tarifas eléctricas y la desaparición de apoyos desde entidades como la Agencia de Servicios a la Comercialización y Desarrollo de Mercados Agropecuarios (ASERCA) también han dificultado el desarrollo del sector vitivinícola nacional. Además, la carga tributaria es significativamente mayor. Por ejemplo, una botella de vino mexicano con precio de 1,500 pesos puede pagar hasta 1,000 pesos en impuestos, mientras que una botella francesa equivalente casi no paga gravámenes en el país.
Aunque el consumo anual per cápita de vino en México es bajo —aproximadamente 1.5 litros en comparación con países como Francia o Portugal— el sector ha mostrado avances notables en calidad y reconocimiento, alcanzando 870 medallas internacionales en 2024. Regiones como Querétaro, Zacatecas y Aguascalientes, además del tradicional Valle de Guadalupe, exploran uvas adaptadas a climas diversos buscando consolidar una identidad propia. Sin embargo, la falta de una política nacional robusta sobre denominaciones de origen, calidades y normativas de producción limita la confianza de los consumidores y la consolidación comercial.
El Consejo Mexicano Vitivinícola impulsa campañas para fomentar el consumo local, capacitación del sector restaurantero y supervisión de importaciones, y ha logrado incluir al vino nacional en la campaña oficial Hecho en México facilitando su promoción en cadenas comerciales. No obstante, persisten retos estructurales como el reducido presupuesto agrícola, la ausencia de financiamiento accesible y el comercio desigual. Expertos destacan que mientras otras naciones desarrolladas respaldan la producción agrícola de gran escala, México ha reducido su inversión en el sector, pasando de más de 92,000 millones de pesos en 2015 a alrededor de 74,000 millones en la actualidad.
Así, la industria del vino mexicano continúa enfrentando una batalla silenciosa entre el reconocimiento internacional y las dificultades internas que frenan su crecimiento y aceptación en el mercado nacional.




































































































