
La inteligencia artificial (IA) se ha convertido en una presencia transversal dentro del ámbito profesional y académico, pero expertos en educación advierten que no basta con incluirla como materia prioritaria en las universidades. Aunque la IA influye en diversos sectores y mejora la productividad, no reemplaza competencias fundamentales como la comunicación, la empatía o el pensamiento crítico.
Durante la conferencia IFE 2026 organizada por el Tecnológico de Monterrey, Mercedes Mateo, responsable de educación en el Banco Interamericano de Desarrollo, enfatizó que el verdadero desafío para la educación superior no está en acumular contenidos tecnológicos, sino en fortalecer habilidades humanas que permitan a los estudiantes adaptarse y convivir exitosamente con cambios continuos. “La inteligencia artificial acelera todo, pero lo que vuelve relevante a una persona no es la herramienta, sino sus capacidades humanas”, señaló.
En este sentido, estas habilidades clave incluyen la comunicación efectiva, la gestión emocional, la curiosidad intelectual y el autoconocimiento, aspectos que conforman la base para un aprendizaje constante y la capacidad de responder a un mercado laboral volátil. María Victoria Angulo, consultora en educación y exministra en Colombia, resaltó que la educación superior debe ir más allá de responder a las demandas inmediatas del mercado, para enfocarse en competencias que permitan a los individuos aprender, desaprender y reinventarse continuamente.
En México, esta reflexión comienza a integrarse en la política educativa. Carlos Iván Moreno, director general de educación superior universitaria en la Secretaría de Educación Pública, reconoció que aún se dedica mucha energía a habilidades técnicas de corto plazo, dejando de lado las competencias complejas que acompañan el desarrollo personal y profesional a largo plazo. Subrayó que sin empatía, pensamiento crítico y manejo emocional, ninguna tecnología podrá cerrar las brechas de desarrollo social.
Por ello, materias como comunicación asertiva, ética, bienestar y propósito, junto con habilidades socioemocionales, deberían formar parte del currículo universitario esencial para que los egresados puedan enfrentar los desafíos futuros con mayor resiliencia y adaptabilidad.



































































































