
La reciente reconfiguración en el mapa energético mundial, especialmente en América Latina con Venezuela, evidencia que el petróleo y el gas natural emergen nuevamente como palancas clave en la estructura del poder global. Contrario a las expectativas de que la transición energética desplazaría la importancia geopolítica del petróleo, la realidad actual demuestra que la energía sigue siendo un eje central en las negociaciones y en las dinámicas internacionales.
Estados Unidos ha asegurado un acuerdo para acceder a parte de la producción petrolera venezolana, un movimiento que implica cambios en los flujos y alianzas en la región, en particular, afectando la estrategia de suministro hacia refinerías en el Golfo de México. Este tipo de maniobras señalan que la energía se está desplazando de un mercado guiado exclusivamente por la oferta y la demanda hacia uno en el que la política juega un rol fundamental.
En el caso del gas natural, el panorama es similar. Este combustible, esencial para la generación eléctrica y la competitividad industrial, no se comercializa con la movilidad que tiene el petróleo, pues requiere infraestructura robusta y contratos formales. México, que depende en más de 70 % de importaciones de gas natural principalmente desde Estados Unidos, se encuentra en una posición vulnerable ante posibles interrupciones derivadas de factores climáticos, políticos o comerciales.
Frente a estos retos, México debe impulsar una planeación energética con visión estratégica que reduzca esta vulnerabilidad y explore mecanismos para diversificar, contar con infraestructura resiliente y diseñar normativas claras. La coyuntura actual debe colocar a la energía como un asunto prioritario en la agenda nacional, no solo desde una perspectiva económica, sino también geopolítica, para asegurar la estabilidad y la soberanía energética del país.




































































































