
Recientemente, durante un partido de fútbol femenil, la intensidad y entrega de las jugadoras llamó la atención, recordándonos la fortaleza que demuestran en cada acción. Sin embargo, esta misma entrega puede encontrarse en muchos ámbitos de la vida diaria de las mujeres, quienes a menudo enfrentan jornadas dobles o triples, asumidas con resistencia física y emocional.
Desde jóvenes, muchas mujeres internalizan la idea de que ciertas molestias forman parte normal de su vida, minimizando señales de dolor como cólicos menstruales, tensiones corporales o agotamiento. Esta normalización del sufrimiento impide una atención oportuna y adecuada. Datos indican que siete de cada diez mujeres experimentan dolor menstrual y más del 70% de las mayores de 35 años viven con algún tipo de dolor articular, pero muchas no buscan ayuda médica por sentir que detenerse no es una opción.
El autocuidado, aunque a veces visto como un lujo o incluso un acto egoísta en una sociedad que celebra a la mujer como “multi-tareas”, es fundamental para preservar la salud. El dolor persistente debe interpretarse como una señal que requiere atención, no como un símbolo de fortaleza o sacrificio. Las herramientas terapéuticas, por ejemplo, los antiinflamatorios, pueden formar parte de un plan responsable de manejo del dolor, pero nunca sustituyen la escucha activa del cuerpo ni la consulta médica profesional.
La realidad muestra que avanzar hacia una cultura que deje de romanticizar el dolor es necesario para garantizar una mejor calidad de vida. Reconocer las propias limitaciones, atender el malestar y priorizar la salud no es rendirse, sino demostrar verdadera fortaleza. Así, jugar con todo no implica hacerlo a costa de la salud ni bajo el silencio del sufrimiento.



































































































