
En México, el debate sobre sostenibilidad y juventud está lejos de traducirse en poder real para las nuevas generaciones. Si bien hay abundantes foros, compromisos públicos y discursos que reconocen a los jóvenes como el futuro, cuando se trata de definir presupuestos, establecer prioridades o modificar reglas, su participación frecuentemente se limita a roles simbólicos. Esto ha creado una brecha entre la intención y la práctica que afecta la confianza juvenil en las instituciones.
El estudio regional Latinobarómetro 2025 revela niveles bajos de confianza en organismos públicos y subraya que los jóvenes perciben una representación deficiente y poca eficacia en la toma de decisiones. Por ello, la denominada apatía juvenil debe entenderse más bien como cansancio frente a la exclusión histórica de espacios donde realmente se asignan recursos y se definen políticas ambientales.
Existe una generación preparada y comprometida, que cuenta con formación técnica y propuestas bien sustentadas, pero sus iniciativas suelen estancarse antes de llegar a los espacios de influencia clave. Mientras tanto, retos urgentes como la gestión del agua y los residuos avanzan sin respuestas efectivas que requieran participación técnica, presupuesto adecuado y continuidad institucional.
Para lograr un impacto medible, es fundamental ir más allá de invitaciones simbólicas o paneles de discusión, integrando a los jóvenes en consejos con voto, en comités donde se evalúen proyectos y en procesos presupuestarios, además de respaldar su formación técnica y bienestar. Solo con corresponsabilidad entre jóvenes, sociedad civil, instituciones y sector privado se podrá cerrar la brecha entre discurso y acción y fortalecer la agenda ambiental en México.



































































































