
En la próxima década, el agua se posicionará como uno de los activos más críticos en la gestión empresarial, equiparable en importancia a los recursos financieros. Pese a que en agendas corporativas la atención suele centrarse en temas como el carbono, el cambio climático o la inteligencia artificial, el agua aún no tiene un lugar estructural en la toma de decisiones estratégicas, aunque sostiene todos esos sistemas.
Se estima que hacia 2030 la demanda global superará el suministro de agua disponible en varios países, alcanzando solo un 60% de cobertura. Frente a esta realidad, muchas industrias, plantas de producción, granjas y ciudades no están diseñadas para operar bajo tales condiciones, lo que representa una restricción operativa significativa que impacta el crecimiento, la inversión y la continuidad.
En México, la disponibilidad y gestión del agua en las cuencas hidrográficas se ha convertido en un factor determinante para la expansión industrial y la estabilidad regional. Estudios del Foro Económico Mundial y Naciones Unidas destacan la escasez hídrica como uno de los principales riesgos globales, y reportes como el del CDP apuntan a posibles costos superiores a 77,000 millones de dólares para las empresas derivados de impactos en operaciones y cadenas de suministro.
Adoptar una gestión del agua con rigor técnico, visión a largo plazo y basada en datos comparables transforma el agua de ser un factor de incertidumbre a un activo que permite ordenar el sistema productivo. En sectores clave para la economía mexicana, el agua debe integrarse como un indicador esencial en la planeación, inversión y operación, trascendiendo procesos aislados para formar parte del estándar empresarial y garantizar resultados sostenibles.



































































































